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8 mayo 2013 3 08 /05 /mayo /2013 15:05

Las escaleras se quejan a medida que mis babuchas rebosantes de piel de borrego chocan con los escalones de una escalera carcomida, carcomida por el paso del tiempo cosa que no impiden que mi cuerpo pequeño y menudo ascienda hasta la buhardilla situada en la tercera planta. Ese pequeño tesoro cuando era una niña y ese malestar cuando ahora ya soy mayor, y si no soy consciente de ello ya me lo recuerda esta maldita artrosis me está quebrando los huesos y la vida. Esta puta vida que se va acelerando a medida que van cayendo los días como losas frías y pesadas sobre todo mi cuerpo y sobre mis recuerdos. Mi vida no tendría sentido sin esos recuerdos, estamos hechos de pasado y de recuerdos, recuerdos  que nunca se olvidan, los malos por aparecer marcados por cicatrices que me recuerdan que soy mayor y por millones de surcos que invaden mi piel en forma de arrugas; y los buenos  que  hacen que mis ojos color miel  iluminen y guíen a mi mente como un faro hacia una recóndita  y perdida orilla llamada memoria.

Después de luchar contra las alturas y de usar como única arma la barandilla de mi derecha llego a la gran puerta sudada y llena de goterones de pintura marrón que se deslizan hasta el suelo. Del bolsillo del delantal estampado hago aparecer como una barita mágica una gran llave, atada a ella cuelga una cuerda de saco con un trozo de paquete de tabaco que pone “sobrao”.

Al abrir aquella puerta es como si el mundo de dónde vengo no existiera y en el que me dispongo a entrar sea al que siempre he pertenecido, aquí es donde soy yo misma, donde mis recuerdos chapotean entre un mar de dudas que el paso del tiempo no ha podido atravesar, aquí arriba está mi verdadera vida, aquí es donde las horas se me escurren por entre los dedos, dedos torcidos y temblorosos que juguetean entre el pincel y la espátula. Donde mi pequeña gramola hace que viaje en cuestión de segundos y me lleve hacia una época de medias largas, lápices de madera y cajas de galletas.

Al fondo diviso un gran baúl de color ceniza tapado de un gran plástico vestido de polvo y pequeñas porciones de techo que me recuerda que debo decir a mi sobrino que  se pase por aquí para echarle un vistazo.

Levanto como puedo la gran puerta de mi pasado y lo primero que veo es una pequeña caja de zapatos atada con un lazo amarillento, recuerdo con añoranza aquel lazo, era el que iba atado a mi ramo de boda, lo deshago como si estuviera dirigiendo una gran  orquesta, y ahí están los momentos plasmados en pequeños instantes de papel bañado en  color sepia.

Un golpe de aire hace abrirse la ventana bruscamente, y a su vez la ventana tira el jarrón dorado, esa es la mecha que enciende y que da comienzo al efecto dominó. Los objetos van cayendo lentamente y cuando golpean el suelo éste se llena de pequeños trozos de colores y  mi mente me lleva al Verano del 46 supongo porque son los mismos temblores que sentía debajo de mis pies cuando tan sólo era una niña.

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