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23 mayo 2013 4 23 /05 /mayo /2013 15:07

Entre barrotes y uniformes azulados mi vida va transcurriendo lenta y agonizante, los minutos se convierten en horas y mi mente intenta escapar de aquí ya que es consciente que los huesos de mi cuerpo magullado quedarán enterrados en cualquier fosa junto a otros compañeros.

Lavabos que se convierten en lienzos blancos decorados con pinceles que pasan a ser jeringuillas y  pintura que adquiere el color de una sangre rojiza.

Hoy hace cinco años que mi mente se independizó de mi cuerpo y mis grandes manos apretaron ese cuello blanco y suave que en las noches de invierno tanto me gustaba rozar con mis labios bañados de alcohol.

Aún recuerdo su mirada teñida de asombro con una sonrisa dibujada que se  iba difuminando poco a poco como un débil carboncillo. Me viene el  recuerdo de ese ruido agonizante de su voz rota que se perdía y chocaba contra  las mismas cuatro paredes donde tantas veces la amé y tantas veces la soporté.

La vida me otorgó una nueva oportunidad de seguir viviendo pero los perversos y malignos Rencor y su compañera Rabia vinieron a visitarme una noche con sabor a drogas y alcohol con un final sangriento semblante al de tragar cuchillas de afeitar o a mojar heridas abiertas con formol.

La verdad es que no me arrepiento de lo que hice, todavía me veo allí, sentado en el frio suelo con mis brazos rodeando mis rodillas, con la mirada clavada en la cara desfigurada de lo que un día fue mi esperanza y lo que ahora se convierte en mi condena. Recuerdo el ruido de las sirenas acercándose amenazantes y mi cuerpo inmovilizado quizás por el miedo o quizás porque ya había puesto fecha a mi muerte.

Soy de las pocas personas que sabe el día que va a morir, y ese día va a ser  hoy, esta es una carta a mi otro yo, al que no va a morir, al que no estuvo con ella cuando lo necesitaba, al que no la defendió cuando la atacaban. Hoy muero y no doy gracias a Dios, porque mi Dios se ahogó entre sangre y alcohol, entre reproches y mentiras.

Oigo pasos que se acercan a lo largo del pasillo, la puerta se abre, y su queja por el paso del tiempo me devuelve a la realidad, me ponen las esposas, mis manos se sobreponen entre ellas por detrás de mi espalda. Voy a morir y no tengo miedo, voy a morir y no me arrepiento porque ahora estaré contigo, contigo para siempre y bailando sólo para mí.

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