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30 mayo 2013 4 30 /05 /mayo /2013 19:19

En lo alto de una montaña rocosa llamada Dalia Negra descansa un árbol centenario con una soga colgada a una de sus retorcidas ramas. Este árbol centenario ha sido testigo de los momentos más tristes y dolorosos de la dilatada historia de un pueblo llamado Vida. Vida es una pequeña aldea que se encuentra situada al pie de la colina justo al lado del tortuoso y empedrado camino que lleva hacia este verdugo de la naturaleza, testigo de miles de alientos agonizantes bañados por la pesadumbre, la tristeza y la soledad.

En las noches de San Juan y como única espectadora la luna llena, las personas que se niegan a luchar, las personas que se niegan a avanzar, las que se sientan en una piedra del camino y dicen “yo ya no puedo más”se dirigen en silencio hacia lo alto de la Dalia Negra y voluntariamente dejan de respirar para siempre, desaparecen con una marca en el cuello y con la aspereza de una lija rozando por la garganta.

Rodeando al árbol se encuentran todas las personas egoístas, interesadas, avariciosas y de mal corazón. Estas personas mantienen entre sus manos una gran vela de color negro la cual cuando fallece una persona adquieren el alma de las personas que quedan colgadas de la rama del árbol. Roban el alma porque odian sus vidas, los odian porque no quieren que sean felices. El veneno se les tatúa a lo largo de su piel sin tener control sobre él, se ciegan, se obsesionan y les persiguen hasta conseguir su alma.

Pasado un tiempo las personas portadoras de la nueva alma mueren agónicamente, bañadas en su dolor y ahogadas por su propia sangre envenenada, agonizan con el dolor más fuerte que se pueda sentir en el pequeño poblado llamado Vida. El dolor de girar a su izquierda y a tu derecha y ver la figura de la soledad sentada sobre su regazo, porque no saben, porque no entienden la forma de vivir de las personas ahorcadas. Vivir y dejar Morir. Entrar y dejar salir, callar y dejar opinar, porque no siempre las almas negras tienen el Don de decir la verdad.


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23 mayo 2013 4 23 /05 /mayo /2013 15:07

Entre barrotes y uniformes azulados mi vida va transcurriendo lenta y agonizante, los minutos se convierten en horas y mi mente intenta escapar de aquí ya que es consciente que los huesos de mi cuerpo magullado quedarán enterrados en cualquier fosa junto a otros compañeros.

Lavabos que se convierten en lienzos blancos decorados con pinceles que pasan a ser jeringuillas y  pintura que adquiere el color de una sangre rojiza.

Hoy hace cinco años que mi mente se independizó de mi cuerpo y mis grandes manos apretaron ese cuello blanco y suave que en las noches de invierno tanto me gustaba rozar con mis labios bañados de alcohol.

Aún recuerdo su mirada teñida de asombro con una sonrisa dibujada que se  iba difuminando poco a poco como un débil carboncillo. Me viene el  recuerdo de ese ruido agonizante de su voz rota que se perdía y chocaba contra  las mismas cuatro paredes donde tantas veces la amé y tantas veces la soporté.

La vida me otorgó una nueva oportunidad de seguir viviendo pero los perversos y malignos Rencor y su compañera Rabia vinieron a visitarme una noche con sabor a drogas y alcohol con un final sangriento semblante al de tragar cuchillas de afeitar o a mojar heridas abiertas con formol.

La verdad es que no me arrepiento de lo que hice, todavía me veo allí, sentado en el frio suelo con mis brazos rodeando mis rodillas, con la mirada clavada en la cara desfigurada de lo que un día fue mi esperanza y lo que ahora se convierte en mi condena. Recuerdo el ruido de las sirenas acercándose amenazantes y mi cuerpo inmovilizado quizás por el miedo o quizás porque ya había puesto fecha a mi muerte.

Soy de las pocas personas que sabe el día que va a morir, y ese día va a ser  hoy, esta es una carta a mi otro yo, al que no va a morir, al que no estuvo con ella cuando lo necesitaba, al que no la defendió cuando la atacaban. Hoy muero y no doy gracias a Dios, porque mi Dios se ahogó entre sangre y alcohol, entre reproches y mentiras.

Oigo pasos que se acercan a lo largo del pasillo, la puerta se abre, y su queja por el paso del tiempo me devuelve a la realidad, me ponen las esposas, mis manos se sobreponen entre ellas por detrás de mi espalda. Voy a morir y no tengo miedo, voy a morir y no me arrepiento porque ahora estaré contigo, contigo para siempre y bailando sólo para mí.

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17 mayo 2013 5 17 /05 /mayo /2013 08:53

Como una luz que se cuela por debajo de la puerta

Como la gota de un hielo que se deshace poco a poco

Así transcurre su vida, vergonzosa y agónica.

 

Como la sal de la espalda una tarde de verano,

Como el domingo en una noche de noviembre,

Así transcurre su vida, molesta y oscura.

Como los brazos de una marioneta

Como el filo de la Espada de Damocles

 

Así transcurre su vida, manipulada y amenazante.

Odia el camino que su mente le dice

Desea el camino que su corazón le dicta,

 

Quizás en un futuro que será pasado,

Quizás en un presente que será futuro

Ella podrá volar, ella podrá respirar

 

Ser mujer y volverse a enamorar.

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10 mayo 2013 5 10 /05 /mayo /2013 16:58

Ojos ensangrentados de una envidia  por ser dueños de nuestra vida,

Llaman a la puerta de nuestro paraíso y nadie les quiere abrir.

 

Porque se convierten en el brazo ejecutor que tiñen de negro mi tranquilo corazón

Sólo piensan en sí mismos, avispas que  dejan su veneno y luego se van sin más.

Como niebla que no te deja ver y que no te deja avanzar por el camino elegido.

Collar de espinas que se clavan  sin dejarte apenas respirar y te oprimen sin piedad.

Ellos no quieren hablar, vomitan palabras sin pensar en el daño que pueden causar

Palabras que son cuchillas  en mi piel y brochazos que pintan agujas de rencor.

Cansado de caminar y olvidar, de barrer y esconder en el baúl de la oscuridad

Cicatrices abiertas que se vuelven a cerrar al son de una música que no es celestial. 

 

De seguir este maldito guion que me dice cómo debo ser y actuar,

Ya soy mayor y no me quiero arrodillar ante sombras pintadas en la pared,

Sus gestos ya no quiero ver, porque ellos son los que me enseñaron a gritar.

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8 mayo 2013 3 08 /05 /mayo /2013 15:05

Las escaleras se quejan a medida que mis babuchas rebosantes de piel de borrego chocan con los escalones de una escalera carcomida, carcomida por el paso del tiempo cosa que no impiden que mi cuerpo pequeño y menudo ascienda hasta la buhardilla situada en la tercera planta. Ese pequeño tesoro cuando era una niña y ese malestar cuando ahora ya soy mayor, y si no soy consciente de ello ya me lo recuerda esta maldita artrosis me está quebrando los huesos y la vida. Esta puta vida que se va acelerando a medida que van cayendo los días como losas frías y pesadas sobre todo mi cuerpo y sobre mis recuerdos. Mi vida no tendría sentido sin esos recuerdos, estamos hechos de pasado y de recuerdos, recuerdos  que nunca se olvidan, los malos por aparecer marcados por cicatrices que me recuerdan que soy mayor y por millones de surcos que invaden mi piel en forma de arrugas; y los buenos  que  hacen que mis ojos color miel  iluminen y guíen a mi mente como un faro hacia una recóndita  y perdida orilla llamada memoria.

Después de luchar contra las alturas y de usar como única arma la barandilla de mi derecha llego a la gran puerta sudada y llena de goterones de pintura marrón que se deslizan hasta el suelo. Del bolsillo del delantal estampado hago aparecer como una barita mágica una gran llave, atada a ella cuelga una cuerda de saco con un trozo de paquete de tabaco que pone “sobrao”.

Al abrir aquella puerta es como si el mundo de dónde vengo no existiera y en el que me dispongo a entrar sea al que siempre he pertenecido, aquí es donde soy yo misma, donde mis recuerdos chapotean entre un mar de dudas que el paso del tiempo no ha podido atravesar, aquí arriba está mi verdadera vida, aquí es donde las horas se me escurren por entre los dedos, dedos torcidos y temblorosos que juguetean entre el pincel y la espátula. Donde mi pequeña gramola hace que viaje en cuestión de segundos y me lleve hacia una época de medias largas, lápices de madera y cajas de galletas.

Al fondo diviso un gran baúl de color ceniza tapado de un gran plástico vestido de polvo y pequeñas porciones de techo que me recuerda que debo decir a mi sobrino que  se pase por aquí para echarle un vistazo.

Levanto como puedo la gran puerta de mi pasado y lo primero que veo es una pequeña caja de zapatos atada con un lazo amarillento, recuerdo con añoranza aquel lazo, era el que iba atado a mi ramo de boda, lo deshago como si estuviera dirigiendo una gran  orquesta, y ahí están los momentos plasmados en pequeños instantes de papel bañado en  color sepia.

Un golpe de aire hace abrirse la ventana bruscamente, y a su vez la ventana tira el jarrón dorado, esa es la mecha que enciende y que da comienzo al efecto dominó. Los objetos van cayendo lentamente y cuando golpean el suelo éste se llena de pequeños trozos de colores y  mi mente me lleva al Verano del 46 supongo porque son los mismos temblores que sentía debajo de mis pies cuando tan sólo era una niña.

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27 marzo 2013 3 27 /03 /marzo /2013 19:09

En este mismo instante me encuentro sentado en la mesa de siempre, la que está junto a la ventana que da a la calle San Francisco, me encuentro sólo, jugueteando con las migas de pan y viendo como un camarero coge las sillas una a una y las coloca sobre las mesas perfectamente alineadas.

 

Al otro lado del cristal la gente pasa de una forma efímera por la acera, excepto un pequeño que no para de hacer diversas muecas frente al cristal.

Llevo mi mano a la cartera para dejar el dinero del menú en el plato marrón que me había dejado el camarero una media hora antes de que empezara a fregar el suelo del Bar.

 

Salgo a la calle, me pongo mis gafas de sol y empiezo a caminar sin rumbo fijo, meto mis manos en mis “jeans”y dejo que mis pasos guíen a mi cuerpo sin ningún rumbo fijo mientras me pregunto en que parte de la canción de mi vida se me olvidó la letra.

 

Siempre he estado rodeado de gente brillante, tanto en mi vida profesional como en la personal, y eso ha hecho que a medida que mi cuerpo y mi vida se iban envejeciendo a la vez, mi ego interior se iba haciendo poco a poco más pequeño. Admiro a las personas que empiezan una cosa y la acaban, pese a que el camino esté rodeado de espinas, camino que nos hacemos nosotros mismos a medida que vamos caminando.

 

Sigo mezclándome entre la gente y cruzándome con cientos de desconocidos, mis pasos se detienen frente a un semáforo, a mi lado una joven de tez blanca, pelo largo hasta la altura de la cintura y con unos pantalones de piquillo y unas botas miliares. Sus orejas están cubiertas por unos grandes cascos y en la espera del cambio de color, decide hacerse un cigarrillo de liar. Se queda mirándome, se quita los cascos y me pregunta por la calle Bartolomé, yo le digo que no soy de la zona y ella resopla y sube los ojos pensando que fue una pérdida de tiempo, tiempo que no tengo yo, tiempo que busco por cualquier rincón de mi pasado, de todo ese tiempo que perdí contemplando la vida y dejándome llevar. Me gustaría ir a una Tienda de Telefonía y recargar mi vida con tiempo, ir al Banco y sacar tiempo o que en vez de salario me pagaran con tiempo, tiempo pasado es tiempo perdido.

 

Perdido, Perdido en mis recuerdos y en mi memoria, sigo caminando y todo me parece familiar, la frutería, la tienda de Ultramarinos de unos orientales, el señor vendiendo cupones en la entrada del Supermercado, miro a mi alrededor y me doy cuenta que no sé donde vivo, me doy cuenta de que no me reconozco en el reflejo del cristal de un Bar donde veo un camarero fregando el suelo con todas las sillas puestas encima de las mesas, excepto una llena de migas de pan al lado del cristal.       

Después de estar un par de minutos mirando dentro del Bar noto como alguien me coge del brazo y me susurra al oído, “Vamos papá, ya te has olvidado de tomarte tus pastillas”. Me doy la vuelta y reconozco a un chico joven, muy parecido a aquel que hace años estuvo sentando en la falda del miedo viendo la vida pasar.

 

 

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11 marzo 2013 1 11 /03 /marzo /2013 20:18

Hace unos días que nos hemos cambiado de casa, ahora vivimos en un edificio muy alto lleno de grandes ventanales con cristales de colores, cristales que cuando son enfocados por los rayos deL sol van cambiando el suelo de diferentes colores. Hemos pasado de tener cuadros de papá y mamá cuando eran jóvenes a estar rodeados de grandes cuadros de marcos dorados con señoras que lloran, hombres con grandes barbas y simpáticos ángeles regordetes casi desnudos que se encuentran sobre ese hombre con barba que creo que le llaman Dios. Mi madre y las otras madres cada vez que pasan por delante del señor se arrodillan y mueven las manos de una forma extraña.

 

Mamá ya no me deja salir a jugar fuera de casa como antes, porque dice que hay señores con grandes bigotes y verdes sombreros que nos quieren hacer daño, así que me entretengo jugando al escondite por nuestra nueva casa, tengo mucho espacio para esconderme y hay veces que los otros niños se pasan más rato de lo que yo tardo en comerme la verdura en encontrarme, son un poco tontos.

Mamá tampoco sale a comprar la comida, vienen unos señores con gorros y con trajes con cruces de color rojo a traernos cajas de comida, cuando oímos los coches vamos corriendo a la parte de atrás de la casa, para ver si esta vez han metido algo de chocolate o alguna caja de galletas, pero siempre traen cosas que no me gustan como lentejas y arroz.

 

Hoy hace frio, mucho frio y el dueño que nos alquila la casa, un señor vestido con un mantel de color negro hasta los pies y cuello blanco intenta enchufarnos unas estufas pero parece que no calientan, creo que han cortado la luz, así que lo único que nos queda es aguantar el frío como sea. Como dice el señor de negro, sólo nos queda rezar…

 

De lo poco que puedo mirar por la ventana de una de las habitaciones traseras de nuestra casa, y subida en una vieja silla de madera, ahí fuera, todo sigue igual, es como si fuera una noche de esas que Papá me llevaba a tirar petardos por las calles del pueblo. Con aquellas grandes hogueras que hacían mi hermano y sus amigos, y que a mí me daban miedo ahora ya no lo siento, porque sólo en unos meses me he vuelto mayor.

El sonido que se oye desde aquí dentro también es parecido a aquellas noches de San Juan., ese ruido se mete en mi estómago y explota dentro de él. Cada vez que retumban las paredes pongo mis manos en mis oídos, tengo miedo, tengo hambre, pero tengo más miedo que hambre.

 

En un momento se oyen motores gritando en el cielo, la gente empieza a correr hacia una de las puertas que se abren por el suelo, bajamos corriendo las escaleras, hay personas que tienen tanta prisa que hasta tropiezan unas con otras. Ya estamos todos, nuestra gran casa se convierte en una pequeña mazmorra con treinta personas.

El olor aquí abajo es parecido al olor de la hierba que ponemos cuando hacemos el Belén, la pared está verde y el suelo siempre está mojado, que pena, con las ganas que tenia de estrenar mis botas de agua de color rosa.

 

Noto que alguien me abraza y pone mi cabeza en su hombro, está todo oscuro, no puedo abrir los ojos, en un suspiro todo queda en silencio, todo menos mis oídos que no paran de silbar. Son las seis y media de la mañana y el pitar de mis oídos se convierte en la alarma del despertador, me levanto sudada, he tenido una pesadilla, hoy tengo examen, maldito Lunes.

 

iglesia

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7 marzo 2013 4 07 /03 /marzo /2013 15:03

Son las 08.30 de la mañana y una preciosa chica morena con su uniforme perfectamente planchado hace acto de presencia con una gran sonrisa por la puerta de mi habitación.

Abre la persiana, entreabre la ventana y me deja en la mesita una bandeja con mi desayuno, La verdad es que la vistas que tengo desde la ventana de mi habitación son inmejorables, aún me acuerdo de todo lo que tuve que luchar para estar viviendo donde estoy y abrir los ojos  y poder ver el mar ¿Qué más se puede pedir? Hacía mucho tiempo que una mujer no me traía el desayuno a la cama, la última persona que lo hizo fue Blanca, mi mujer, hace ya unos años, antes de que decidiera hacer un largo viaje para no volver.

Han pasado ya veinte minutos y otra mujer del servicio, no tan atractiva como la anterior, se lleva la bandeja soplando y con las manos de su uniforme remangadas hasta la altura de sus codos.

La ventaja  de tener servicio es que no me tengo que preocupar de nada, ellos están allí para satisfacer todas mis necesidades. Hablando de necesidades, necesito ir urgente al servicio y Quique no ha venido todavía. Quique es el único hombre que tengo en el servicio. Me echa una mano en la difícil tarea de tener 80 años y estar atado a esta maldita guillotina con ruedas que empieza a formar parte de mi vida para hacer una cosa tan simple como la de tener cubiertas mis necesidades.

Ha pasado más de una hora y una vez acabadas todas las tareas matutinas me vuelvo a tumbar en la cama. Hoy no me encuentro bien, apenas he tocado el desayuno y sólo tengo ganas de cerrar los ojos.

Pasan los minutos y de repente veo a mano izquierda una botella que va dejando caer gota a gota un líquido transparente, me cuesta respirar, vuelvo a abrir los ojos y entre una especie de nebulosa llego a ver el rostro de una cara que me es muy familiar. Mis recuerdos empiezan a aflorar, tengo frío y calor, miedo y alegría, no puedo respirar, vuelvo a cerrar los ojos, no quiero abrirlos. Quiero irme, irme lejos, pero esta vez para no volver, vuelvo a abrir los ojos, supongo que esta vez será la última, mi última lágrima, mi último aliento, mi último latir, mi último suspiro, mi último parpadeo… cierro los ojos, sonrío y me voy feliz.

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5 marzo 2013 2 05 /03 /marzo /2013 15:04

Los pasos de mi desmañado y viejo labrador llamado Big Mac me hace torcer la esquina hacia la Pastelería del señor Ramón; El señor Ramón llevaba treinta años levantándose a las cuatro de la mañana para hacer pan, crear multitud de pasteles y todo tipo de bollería que uno pudiera llegar a imaginar, me encantaba asomarme por la ventana que el señor Ramón dejaba estudiadamente entre abierta y sentir ese golpear de aire caliente que hacía despertar mis viejos y juveniles instintos culinarios del pasado.

 

Una vez llegado al parque que se encontraba justo detrás de la pastelería, el silencio fue roto por el fuerte golpear del agua contra el oxidado columpio donde yo hacía años intentaba atrapar las nubes alargando mi corto y regordete brazo cada vez que mi amigo Roberto me empujaba fuertemente.

Roberto, pobre Roberto, los buenos momentos que pasamos en ese parque, quien nos iba a decir que pasado unos años, en ese mismo parque sentando en un banco pintado de corazones con flechas, nombres de chica y fechas dispares iba a perder la vida de una sobredosis.

Sigo caminando entre malas hierbas y malezas y decido soltar a Big para que él mismo pueda ser libre durante lo que yo tardo en fumarme un cigarrillo, pese que éste maldito viento se ha propuesto impedírmelo.

 

Me refugio bajo el tejado de una casa donde hacía años nos resguardábamos del frio y la lluvia y dejábamos pasar el tiempo jugando al Monopoly, al Gran Hotel o jugándonos los cromos al nombre más largo sin importarnos en el equipo donde jugaban esos héroes con medias y pantalones cortos.

De la misma forma que empezó a llover ahora lo ha dejado, pero parece que eso a Big no le importa ya que lo veo trotar hacia mí moviendo su cola, rebozado de barro y con algo entre los dientes, una vieja pelota amarilla de tenis Dunlop.

El silbido del viento me hace recordar los días que no había respetado la hora de llega da y mi padre me llamaba con un silbido y yo subido a una pared de ladrillo  le decía que me dejara un ratito más, que íbamos dos a dos y que nos costó mucho remontar, que ahora no podíamos dejarlo, pese que apenas podíamos distinguir los dos árboles que nos hacían de improvisadas porterías debido a la oscuridad de la noche.

 

Este maldito y  amenazador paso del tiempo, no impide que ahora mismo me encuentre en el mismo sitio, rodeado de los mismos aromas y recuerdos, con los zapatos enfangados como antaño, con mi compañero Big ahora un poco más cansado, fumando, sin tenerme esta vez que esconderme de nadie y con el sonido del viento que hace resucitar la imagen de mi padre que lleva ya muchos años sin asomarse a esa ventana llamada preocupación.

 

 

parque

 

 


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27 febrero 2013 3 27 /02 /febrero /2013 08:43

 

 

Entre picotazos blancos y señales moradas

su triste y negra infancia vomitó;

 

mientras pintaba paredes que la lluvia pudrió

sus miedos afloraron como fieras acorraladas.

 

 

 

Su roja sangre se convirtió en Ginebra de Bar,

su blanca sonrisa en hoja de frío cuchillo,

 

penetrando la vida tan frágil como la de un niño

con el quebrado sonido de su muerte al galopar.

 

 

El cáncer de su corazón se transformó en mujer  

mujer que arropaba su miedo al caer la noche

la misma que le abrazaba de dolor y no le dejaba crecer

 

Un crujir a madera podrida se oyó a lo ancho de la ciudad

entre gente y murmullo ya no pudo salvar

el balanceo y lento caminar, de su pobre soledad.

 

 

 

 

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